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Palabra de vida de julio «También puede compararse el reino de los cielos a un comerciante que busca perlas finas. Cuando encuentra una de mucho valor, va a vender todo lo que tiene y la compra» (Mt 13, 45-46)1 En esta brevísima parábola, Jesús impacta la imaginación de sus oyentes fuertemente. Todos conocían el valor de las perlas que, junto con el oro, eran lo más precioso que se conocía entonces. Además, las Escrituras hablaban de la sabiduría, es decir, del conocimiento de Dios como de algo que no se puede comparar ni a la piedra más preciosa2. Pero en la parábola se pone de relieve el acontecimiento excepcional, sorprendente e inesperado que representa para ese comerciante el haber visto, quizás en un bazar, una perla que sólo a sus ojos expertos tenía un valor enorme y de la cual podía sacar un gran beneficio. Por eso, después de hacer sus cálculos, decidió que valía la pena venderlo todo para comprar la perla. Y ¿quién no habría hecho lo mismo en su lugar? Ése es, pues, el significado profundo de la parábola: encontrar a Jesús y, por consiguiente, el reino de Dios entre nosotros –¡ésa es la perla!–. Ésa es la ocasión única que hay que coger al vuelo, empleando hasta el fondo todas nuestras energías y lo que poseemos. «También puede compararse el reino de los cielos a un comerciante que busca perlas finas. Cuando encuentra una de mucho valor, va a vender todo lo que tiene y la compra» No es la primera vez que los discípulos se encuentran ante una exigencia radical, es decir, ante ese todo que hay que dejar para seguir a Jesús: los bienes más preciados como los afectos familiares, la seguridad económica, las garantías para el futuro. Pero su petición no es absurda o sin motivo. Por un todo que se pierde hay un todo que se encuentra, enormemente más valioso. Cada vez que Jesús pide algo, también promete dar mucho, mucho más, inconmensurablemente más. Así con esta parábola nos asegura que tendremos entre las manos un tesoro que nos hará ricos para siempre. Y si puede parecer un error dejar lo cierto por lo incierto, un bien seguro por un bien sólo prometido, pensemos en aquel mercader: él sabía que era una perla preciosa y esperaba con confianza lo que obtendría comerciando con ella. Así el que quiere seguir a Jesús sabe, ve, con la mirada de la fe, qué inmensa ganancia será compartir con Él la herencia del reino por haberlo dejado todo, al menos espiritualmente. A todos los hombres Dios les ofrece una ocasión parecida en su vida para que la sepan aprovechar.
Chiara Lubich
1) Palabra de vida, julio 1999; publicada en la revista Ciudad Nueva, julio 1999. 2) Sab. 7, 9. |